Escuchar – muchas veces nada fácil

Inconscientemente caigo en la tentación de hablar en exceso, sobre todo,  para explicar mi punto de vista, para convencer o para lograr algo.

Es recurrente, que me sorprendo a mí mismo preguntándome cuánto sé…, mientras hablo y hablo. También me pregunto:  ¿qué pasaría si en algunos reuniones simplemente me callo y no digo una sola palabra? ¿Escuchar? Observar y comprobar la dirección de las conversaciones y discusiones. ¿Entender?

Tal vez se logre el resultado tal como yo lo hubiese querido, pero sin mi intervención.  

¿O tal vez aparece una idea o propuesta genial, de quienes habitualmente hablan menos?

También podría existir otra variante, dejando una pregunta suspendida en el ambiente, sin que rápidamente yo mismo desarrolle la respuesta.

Sí, he aprendido últimamente de algunas pocas personas que saben escuchar y a partir de ello, sacar mejores y sabias conclusiones, o bien, ver cosas que yo no veo.

Efectivamente, no podré dejar que me suceda lo que relataba Oscar Wilde acerca de sí mismo, de que no podía dejar de hablarle a alguien sólo porque no lo estuviese escuchando, que sentía placer de escucharse a sí mismo, que a menudo mantenía largas conversaciones consigo mismo, concluyendo, que era  tan inteligente que a veces no entendía ni una palabra de lo que él mismo decía.

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