Déjame aclarar algo: soy uno de esos coaches que ha pasado por las experiencias de Quico y Caco, acumulando heridas y curaciones de la vida, además de un rodaje considerable liderando de manera transformacional. Aunque no es mi actividad principal, mi coaching podría catapultarse bajo un método que llamaría “Dankynogatongamegalosomanjarchafafrinilofo”
Suena raro, ¿verdad? Pero es antiguo, innovador, atractivo, distinto y, sobre todo, eficaz.
Sin embargo, mejor vamos a la verdadera razón de este artículo:
No estoy seguro de que exista un “corredor de opinión”, pero estoy convencido de que hay pasillos de sanación. Hace un tiempo, me encontré en uno de ellos durante un asado privado, un encuentro de esos que se alargan, donde predominaban treintones y cuarentones de ambos sexos (yo, por cierto, soy un sesentón avanzado). Quedé “para adentro” al notar que las paredes se me acercaban claustrofóbicamente, y no era por las imperial stout que había consumido. ¡Ojalá hubiese sido eso! Resulta que casi todos los presentes visitaban regularmente a algún coach profesional. Con ellas/os hablaban de todo, sin excepción.
Hoy en día, ningún ámbito de la vida parece demasiado íntimo, ningún tema tan específico que no se pueda encontrar un especialista en internet, redes sociales o a través de contactos. Desde coaches del duelo hasta del amor, pasando por un astrocoach especializado en Acuario, coaches de transformación y una plétora de coaches sexuales… ¡Los hay de todos los colores! Incluso si no lo sabes o no posees consciencia de «las cosas», puedes estar recibiendo coaching: ¡hay coaches del sueño! Todos prometen lo mismo: sanación. Y, claro, de la mano de un profesional.
Durante horas escuché las intensas deliberaciones, las opiniones y las experiencias personales que compartían. Intenté no intervenir, pero mi fuerza de voluntad flaqueó en más de una ocasión. ¡Pero fui al grano y menos mal no me fui por las ramas! Estos jóvenes estaban trabajando en cuestiones profundas, incluso la manera de ponerle pañales y darle mamadera al niño interior; contaban cómo habían reseteado sus «minds» y cómo, con las mangas arremangadas, se sumergían en el subconsciente con determinación: ¡Shadow Work Coaching! Algunos se adentraban en constelaciones familiares descubriendo y liberando patrones familiares ocultos, lo que les provocaban diversas emociones. El amor, según el coach de relaciones, era una decisión consciente; si planificas tu carrera, ¿por qué dejar tu vida privada al azar? Una pareja que dialoga reflexivamente sobre sus problemas es el requisito básico para el módulo de “amarre” de relaciones. Una vez que atraviesas el pasillo de la sanación, no querrás volver a la zona de entrada, donde el aire corre libre y huele a zapatos húmedos. Esa tarde, el pasillo de la sanación se había transformado en un verdadero corredor de opinión.
Es fácil burlarse de esta excrecencia de la industria de la autooptimización, de la cual, de algún modo, soy parte. Sin embargo, algo me detiene: esos hombres y mujeres, mucho más jóvenes que yo, habían encontrado algo en nuestro mundo caótico que les ayudaba a encontrar su camino.
En el círculo de quienes se habían sanado, me dio vergüenza admitirlo: solo en una ocasión trabajé con un coach adaptativo, en una época donde yo mismo introduje muchos cambios en una organización. Cuando lo mencioné, me respondieron con la paciencia de quien habla con un anciano: “Solo necesitas voluntad para trabajar en tus problemas. Una persona sin problemas es una persona muerta.” Ante la masiva sugerencia, en definitiva, decidí no deliberar, asentí, permanecí en silencio y quedé impresionado.

Al día siguiente, reflexioné: “Cualquiera que tenga suficiente dinero para pagar las tarifas por sesión, puede acceder a este popurrí de coaches. ¡Y una sola sesión no es suficiente! Los temas parecen multiplicarse como bacterias en un cultivo, exponencialmente. Como el dinero en la cuenta bancaria de los coaches, buenos, malos y reguleques.
El fenómeno de los coaches, que rodeaban a los comensales parlanchines de ese asado, era como ver la cantidad de asesores que pululan alrededor de los candidatos al congreso en época de reelección. Fascinante. El coaching, que hemos importado de EE. UU. como tantas otras cosas que generan amor y odio por los «gringos», se ha expandido silenciosa pero rápidamente en los últimos años como una plaga. Desde las empresas hacia el ámbito individual, tocando todos los aspectos de la vida… y sí, no elegí el término “tendencioso” por casualidad.
Literalmente, cualquiera que pueda crear y administrar un sitio web y manejar Instagram con destreza puede llamarse y posicionarse como coach. De que muchos caigan en las redes de “chamullentos” no es culpa del chancho, sino de quien le da afrecho. En ciertos círculos en nuestro Chilito, ya no puedes preparar una comida sin el apoyo de un coach adecuado. O peor aún, me desperté un día después del asado: ¡horror…, me había convertido en coach! Y ya lo soy desde hace 20 años… aunque en un ámbito cada vez más específico. Ya les decía: ¡había queda’o pa’dentro!
Una persona que conozco, que recibe coaching regularmente, me hizo notar que no todos tienen en casa una pareja o amigos del alma con quienes trabajar en los temas de la vida. Personas aparentemente sociables pero en el fondo solitarias. Los padres y hermanos a menudo están lejos, no hay suficiente confianza o han fallecido; otros amigos no tan del alma, están ocupados con sus propias vidas y búsquedas de significado y propósitos existenciales. Entonces, ¿con quién debería “pinponear” sobre lo que realmente importa?
Tal vez esta demanda por coaches (complementados por personal trainers, psicoterapeutas, chamanes y gurúes) sea solo una burbuja para una clase media y media-alta, un tanto trabajólica y estresada, poco resiliente y abrumada, intentando surfear la angustia de enfrentar y superar los cuellos de botella de sus estándares de éxito y vida autoimpuestos.