Ayer domingo temprano entramos al Parque Güell. Tras un rápido pero buen desayuno, a las 8.30 AM ya íbamos en camino. El parque debe su nombre a Eusebi Güell, un rico empresario apasionado por las obras de Gaudí y que actuó como su principal mecenas. Aunque la idea principal era la construcción de un conjunto residencial de lujo, con el paso de los años esta idea fue abandonada y en su lugar se construyó un parque digno del escenario de un cuento. El Parque Güell está cubierto por formas onduladas, columnas con aspecto de árboles, figuras de animales y formas geométricas. La mayor parte de las superficies están decoradas con mosaicos realizados con trocitos de cerámica de colores.
Partimos por la así llamada zona regulada, la que limita el ingreso a un número máximo de 800 visitantes a la hora y exige disponer de una entrada pagada para acceder. Con ello se ingresa a los lugares más turísticos del parque y apunta a un mejor uso y conservación. Posteriormente paseamos por la zona pública que es gratuita.
Es impresionante como el artista aprovechó el desnivel de 60 metros de un cerro (aquí le dicen montaña y está claro que para nosotros los andinos, es sólo un cerrito, aunque la subida de la «recachá» de peldaños me hizo recordar mis excursiones de senderismo, por las «piernas de lana» posteriores…), para crear un camino de elevación espiritual, realmente genial, en cuya cima planeaba construir una capilla que finalmente fue sustituida por el Monumento al Calvario, un promontorio situado en la parte más alta del parque desde donde las vistas de la ciudad son bastante buenas, dicen porque no llegamos hasta ahí… El punto central del parque es una gran plaza en la que se encuentra un enorme banco de 110 metros de longitud, con apariencia de serpiente recubierta por esas bien conservadas y pequeñas piezas de cerámica. Ese es el acceso y salida a la zona regulada.
En verdad un bello parque, claro, muchos visitantes porque era día domingo y no sólo turistas, también variados deportistas. Valió la pena, realmente pudimos tener vistas muy lindas.
Después de almorzar algo rápido visitamos la Sagrada Familia, quizás el monumento más conocido y característico de Barcelona. Se dice que el máximo exponente de la arquitectura modernista creada por Gaudí, encontrándonos con miles de turistas que van a contemplar este curioso aunque inacabado templo. Gaudí falleció en 1926 dejando inacabado el proyecto que ocupó los últimos años de su vida, pero, gracias a los planos que se conservan, su sueño se hace realidad poco a poco gracias al trabajo de otros artistas y al dinero obtenido a partir de las donaciones y las visitas. Hasta hoy han sido construidas 8 de las 18 torres diseñadas por Gaudí. El arquitecto decidió que doce de ellas fueran dedicadas a los Apóstoles, cuatro a los Evangelistas, una a María y otra a Jesús. Cada una de ellas estará dotada de diferente altura en función de la jerarquía religiosa que representan.
Subimos a una de sus torres, la de la pasión y la vista fue realmente fantástica, aunque igual llegamos con la lengua algo afuera, por la estrecha bajada de escalera de piedra y que del tipo caracol, ya que la subida fue en ascensor. Las fachadas también son impresionantes y ni hablar el interior, donde Gaudí se inspiró en las formas de la naturaleza, creando columnas con forma de tronco de árbol que convierten el interior del templo en un enorme bosque de piedra.
«¿Qué hubiese sido de tí Barcelona sin Gaudí?»
Agotados, con cerca de 12 km de caminata efectiva, pero de escaleras para arriba y para abajo, nos instalamos a tomar unas buenas cerveza y Sangría, Christi comió una de esas ensaladas que tanto le gustan, mientras yo disfruté de un calamar con butifarra negra salteada en cebolla confitada y alga nori. Muy sabroso.
El calamar que terminó en mi estómago …

