Quejumbrosos
Quejumbrosos

Quejumbrosos

¿Sabes lo que realmente me tiene aburrido, incluso a ratos agotado e irritado?

El lloriqueo.

El lloriqueo de la gente que no quiere hacer nada más que quejarse por casi todo. Que parece que no pueden encontrar nada de lo que hablar excepto acerca de su propio sufrimiento, de lo difícil que ha sido su vida, su pasado y ni hablar del presente. Se revuelcan en eso como un cerdo perezoso en el barro fresco, o dicho de otra manera, con su amargura se sienten como chanchos en el barro.

Se quejan de esto y de lo otro. Sienten que se les trata injustamente. Están insatisfechos con todo, o casi… Todo es una porquería. Y la vida siempre es mala para ellos. Y además, no hacen NADA proactivo y constructivo para remediarlo. Claro está, si es verdad toda esa basura que le toca vivir.

Por supuesto, uno puede quejarse, ¡pero no por todo y a cada rato!

Pero lo importante es que todas esas personas debieran hacer algo al respecto. Quejarse por sí solo no cambiará nada. Sólo con quejarse tanto, se obtienen líneas de expresión y comisuras de los labios hacia abajo. Sólo atraerán a gente que tampoco consigue hacer nada en la vida y que se bañan en la autocompasión como ellos.

La gente que pone en juego sus inteligencias, los que tienen una buena vida o no tan buena pero le ponen el hombro sin tanto lloriqueo, lo hacen de manera diferente. Se enojan, incluso se quejan. Entonces piensan en hacer las cosas de otra manera y buscan otros caminos. Muchos los encuentran bien y rápido. El punto de partida es la predisposición.

Lo importante es entenderlo: Es el trabajo de cada cual preocuparse si algo le molesta. No es el trabajo de los vecinos. No es tarea del Estado. No es tarea de la economía. No es el trabajo de la pareja. No es el trabajo de los hijos. Ni siquiera es el trabajo de un terapeuta o coach. Al final siempre es el trabajo, la responsabilidad y la disciplina de cada uno.

La propia felicidad, satisfacción o bienestar son de propia responsabilidad. El que siempre se le quiere traspasar a otros, se transforma en una marioneta de la vida. No esperar a que otro nos haga feliz. No esperar a que todo cambie de repente. No esperar a que otros tomen el control de nuestras vidas. Cuidar bien de uno mismo. Intentar cambiar la perspectiva. Tomar decisiones. Desprenderse de las cosas. O tal vez algo más…

Y si no se tiene ni idea de cómo hacerlo, se busca ayuda y no se permanece con el síndrome del conejo encandilado, es decir paralizado.

Los que hoy se quejan y lloriquean tanto de brazos cruzados, es hora que tomen la vida en sus manos.

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